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Diabolo Sobre todo la buena amistad

Entre miradas y sabores

Diabolo
Entre miradas y sabores

Siempre hay una chispa provocada por alguna circunstancia que nos invoca algún momento feliz de nuestra infancia. No por nada existe el dicho “que los tiempos pasados fueron mejores”. Y solo cuando nuestra vida ha viajado como en una montaña rusa entre problemas y dichas, es que nos damos cuenta que fuimos muy felices de niños y no lo sabíamos.

Y éramos felices, porque nuestra mente era inocente, no estaba contaminada con todas las impurezas sociales que luego al crecer y madurar nos rodea. De niños asociamos los momentos felices de paz y tranquilidad con nuestros padres y abuelos o amigos. Y muchas otras con comidas y sabores que nos acostumbraron.

Quién no recuerda una comida hecha por la abuela o un helado de la tienda y así muchos manjares del lugar donde crecimos. Lo primero que se me viene a la mente cuando voy a un mercado, es la presencia de mi abuela tomándome de la mano para ir de compras. Era un paseo diario y claro de paso me complacía con un helado o un bocadillo.

Es lo que ahora significa llevar a los niños al Mall, nuestro centro comercial era el mercado. Y sus puestos de comidas tradicionales era lo que hoy llamamos un patio de comidas. Mi mente se educó relacionando los sabores de la abuela con ciertas épocas alegres de mi vida de chiquillo. Se acuerdan esa película del ratoncito chef, cuando el crítico de comida al probar un platillo automáticamente su cerebro lo llevo a su niñez. Pues muchos de nosotros también lo recordamos de la misma forma.

Por este motivo cuando piso un mercado popular, me trae remembranzas inolvidables, como el amor de mi abuela y sus sabores. En fin, es una paz interior inexplicable y reconfortante. Alguien me decía que la comida de un mercado cuando la queremos replicar en nuestras casas jamás sabe igual. El mercado tiene sus secretos bien ocultos.

Es como las comidas de las abuelas, no saben igual que la de tu mamá, aunque son deliciosas por igual. Pero ese toque, ese condimento especial de las abuelas no las tiene nadie. Y hoy tal vez comprendemos que ese aderezo secreto se llama, amor por la familia. Y desde el momento que pise esta tierra me ligue a ella porque todo me hacía recordar al amor de mi abuela. Sus tradiciones, sus calles, su respeto por la buena comida, y no sigo porque son innumerables circunstancias.

Desde un primer momento me sentí conectado a su gente, me sentí en casa. Y también lo primero que quería hacer es probar esos ricos platillos y por eso mi primera visita coincidía con las compras semanales de mi querida familia adoptiva. Y no era porque me adoptaban a mí, sino porque yo no quería separarme. Me hicieron sentir que era parte de su parentela desde el minuto uno.  

Siempre quise escribir un libro y muy probablemente lo haré algún día no muy lejano. Para mi cada minuto, cada gesto de la gente, cada sabor y cada olor que percibo lo vivo como en cámara lenta. Se llama sensibilidad, y trato cada minuto de vivir intensamente para luego digerirlo y escribirlo. Vivimos tan rápido y en cámara rápida que pensamos que la vida se resume en pocos eventos diarios. La gran mayoría de nosotros relacionamos la felicidad con cosas. Cuando la felicidad es la gente.

Mientras saboreamos la comida sabrosa en compañía de esta agradable familia, nos reconocemos y cruzamos miradas tratando de saber más de cada uno de nosotros.  Bueno en este particular caso más me analizaban a mí, pero es lógico la curiosidad es propia del ser humano. Por suerte tengo cierta experiencia al hablar en público y eso ayuda un poco.

Aunque esa sensación de ser observado y analizado no se iría por mucho tiempo. Ya les seguiré contando el porqué de esas sensaciones.

Continuará...

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