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Diabolo Sobre todo la buena amistad

En busca de una Santa Gracia

Diabolo
En busca de una Santa Gracia

Dos días antes de irme de viaje mi cuerpo comienza a reaccionar a ciertos impulsos físicos, emocionales y mentales que llegan como sensaciones de emotividad y nerviosismo. Y lo único que se interpreta de toda esta gama de impulsos es la felicidad y emoción contenida porque llegue el momento de abordar nuestro transporte con destino a nuestra próxima aventura.

Y esas sensaciones son para mí las mismas que sentía el momento esperado de mi regalo de navidad. En definitiva, cada viaje es para mí la esencia de estar vivo. Y en este viaje en particular había una suma de ingredientes casi parecido a esos platos exóticos donde hay muchos, pero muchos componentes unos conocidos y otros desconocidos e inimaginarios. Pero que al final suman un platillo tan especial que jamás olvidaran tus ojos y tu paladar, el sabor especial de la aventura.

Es un idilio viajar a estos lugares agraciados y milenarios donde además su tradición, su respeto a la tierra, sus viandas y sus costumbres que son ya un arte por si mismas, no hacen más que sumar a este espacio ya bendecido por Dios. Y cualquiera humano que se digne catalogarse de viajero por el mundo, nunca dejara de maravillarse de este rincón bendito.  

Ya se imaginarán lo que una persona como yo siente el momento de subir al avión con este destino tan especial. El hambre y alguna otra molestia de viajar desaparece y solo quieres que llegue ese momento tan especial de bajar del avión y vivir lo que venias imaginando desde antes de salir y todo el camino de ida.

Lo primero que sentí al pisar este venerable suelo fue felicidad, que muchas veces no puedo describirlo tan bien para que me entiendan lo que quiero expresar. Siempre ha sido sublime visitar e intercambiar vivencias en otros mundos distintos al mío. Si ustedes sienten esa emoción de comprarse una auto nuevo, una casa nueva y cosas de esos alcances de emotividad, para mí es lo que siento al visitar mi mundo nuevo de reconocer.

Nos juntamos todos los viajeros, unos más cansados que otros. Pero tranquilos de haber llegado a destino sanos y salvos. Llevando en cada maleta muchos más sueños que ropa. Y esta pequeña espera que viene es como el postre del viaje de ida. Es como sentir ya en tu paladar el primer sabor de ese platillo tan especial que se viene y que sabes que lo degustaras bocado a bocado.  

Cuando ya pasan algunas sensaciones y al estar sentado esperando salir del aeropuerto, viene a la cabeza otras preocupaciones ya de orden natural y terrenal. Esperamos caer bien a la gente que nos recibirá, sentirnos cómodos en lugares y costumbres ajenas y un sinnúmero de pensamientos comunes del bienestar humano.

Saben que después de todo lo que les he manifestado, hay otro gran sentimiento que uno halla casi por lo general en todos los aeropuertos o destinos. Y es la emoción de sentirse recibido por aquellas personas que están esperando tu llegada casi con la misma emotividad y nerviosismo que tu sentiste al viajar.

Ese abrazo que une dos mundos alejados, pero nunca distanciados por el amor, el apego la ternura y las ganas siempre de sentirse cobijados. Al final todos los viajes tienen algo en común, y es que nos hace sentir más vivos que nunca, nos reencuentra con nuestra alma. Es la “Santa Gracia” de estar vivos.  

Continuará…

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